Año 2008

Ciudad Bolivar se ubica al sudeste de Venezuela. Pegada al río Orinoco, ancho y de aguas oscuras, es el tercero mas caudaloso del mundo y el segundo de toda América detrás del Amazonas y además parte a Venezuela casi por la mitad.

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[P]asamos por el centro de la ciudad bien populoso y caribeño y luego vamos hasta la costanera, un poco sucia, con mucha vida, con edificios descascarados y autos que tienen una calcomanía pegada en el vidrio que dice taxi.

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[E]l casco histórico es pequeño y apacible, la plaza central con la estatua de Bolívar, la catedral toda pintada de amarillo y del otro lado, de color blanco, el palacio Municipal. De allí salen calles empedradas con casas de colores y ventanas rectangulares cubiertas por rejas.

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[N]os recomiendan no perdernos la posada Don Carlos, una mansión construida en 1876 restaurada y reconvertida en una encantadora hostería y hacia allí vamos. No nos mintieron, es imperdible y barata con un patio central, galerías y cuartos espaciosos. Además buena comida y para estirar la noche, ya que en la ciudad cierra todo muy temprano, buena bebida también.

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[A] la mañana siguiente dejamos las mochilas en la agencia de turismo en donde contratamos la excursión de tres días al Parque Nacional Canaima (es complicado llegar allí por cuenta propia) y solo nos llevamos los bolsos de mano. Rato después nos pasa a buscar un taxi que por su estado llama la atención que siga andando, con un viejito simpático al mando. Vamos hasta el pequeño aeropuerto que se encuentra casi desierto, el resto de los pasajeros que viajan a Canaima ya salieron en avión más temprano. Nuestro presupuesto no da para lujos y haremos la mitad del camino por tierra junto con las provisiones de todos para los tres días en la selva. Una hora después nos suben a una antigua camioneta que además va repleta de bolsas con verduras y todo tipo de alimentos: arroz, tomates, cebollas, ajíes, pollos, trozos de carne. Mientras avanzamos por una ruta poceada y con curvas, nos balanceamos con varias sandias rodando por nuestros pies y con bolsas de perejil y zanahorias cayendo sobre nuestras espaldas. Somos los únicos pasajeros y el chofer nos dice que se llama Orlando, es negro y mide mas de dos metros y con su simpática tonada venezolana nos cuenta que hace poco fue el chofer de la selección argentina de fútbol en las últimas eliminatorias para el Mundial. La miro a Caro diciéndole con los ojos que esto es bastante más rústico de lo que habíamos planeado. Tardamos dos horas y media en llegar al mínimo aeropuerto del pueblo La Paragua, último punto de salida hacia Canaima.

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[E]l paisaje es bastante desolador, una pista, un par de galpones con techo de metal, algunos perros con cara de hambre, hombres cubiertos de grasa y con cara de hambre también y un calor que derrite la suela de las zapatillas. El motor de una avioneta rompe el silencio y la monotonía. Aterriza tras escaso carreteo y uno de los hombres nos hace señas que ese aparato es el que nos llevará a nosotros. Suben todas las bolsas con alimentos y luego a nosotros. Yo me siento junto al piloto y Caro atrás.

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[E]l viaje dura unos 30 minutos, en donde planeamos sobre ríos, pantanos, sectores de espesa vegetación. Kilómetros de tierra virgen, el río Caroni de color rojo, otros de color café con leche. Yo extasiado por la belleza del paisaje, Caro buscando una bolsa para vomitar por  el intenso olor a pollo de las provisiones y el mareo que le provoca el vuelo. Cuando estamos por llegar al parque ya se empiezan a ver algunos de los preciosos saltos que miraremos de cerca en los próximos días.

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[D]escendemos en el aeropuerto en donde nos recibe Henry nuestro guía. Nos subimos en la parte de atrás de una camioneta y vamos hasta el primer campamento, ubicado a pocos metros de la laguna de Canaima y justo enfrente del salto de Ucaima, junto a la represa hidroeléctrica. Allí conocemos al grupo de personas con los que pasaremos los próximos tres días.

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[A]lmorzamos y luego salimos en una curiara, una canoa angosta y larga, con motor fuera de borda.  Recorremos la laguna de Canaima y nos dirigimos al salto el Sapo. Descendemos en un atracadero y tras una caminata de media hora llegamos hasta allí. Impresionante espectáculo, inolvidable. El agua cae estrepitosa y cristalina. Nos metemos por una angosta pasarela de piedra y pasamos por debajo de la catarata que estalla junto a nosotros mientras vemos como se forma un arco iris. La espuma golpea tan fuerte que andamos a ciegas y al salir terminamos empapados. No importa, hace calor y el paisaje es maravilloso.

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[D]e allí vamos a otra enorme catarata en donde también nos metemos debajo del torrente. Difícil de explicar la sensación de frescura y adrenalina.

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[singlepic id=1875 w=300 h=500 float=left] [M]ás tarde tomamos un sendero en donde la selva se hace sentir y aparecemos en la parte de arriba del Salto del Sapo, que derrama sus aguas claras en el río que sigue su curso, allí nos sentamos a descansar un rato y contemplar extasiados ese paisaje de colores estrindentes.

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[A] la vuelta iniciamos una caminata cansadora, por caminos en donde la vegetación se vuelve más austera, los árboles se ubican más espaciados y los pastos son cortos. Nos montamos nuevamente en la curiara y nos vamos a los rápidos de Mayupa, divertidos, intensos. Luego tomamos el río Aonda, hasta nuestro nuevo campamento. El color del agua nos hipnotiza, es de un cobre con destellos rojizos, nunca habíamos visto una tonalidad así. A medida que avanzamos la selva retoma su color y su espesura, en las orillas es imposible ver mas allá de la barrera natural de árboles, altísimos, y a través de ellos se escuchan los trinos de las aves.El sol lentamente se va ocultando detrás de pequeñas colinas o paredes de roca llamados Tepuys que se pueden ver en el horizonte.

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[L]a noche cae como un telón, rápido casi de improviso y la ultima parte del viaje la realizamos a oscuras, no hay luna ni estrellas. El conductor navega con destreza y unos minutos más tarde damos contra la orilla y descendemos. Caminamos unos treinta metros y aparece el campamento, sumamente rústico sólo un techo de chapa, sin paredes. Cuelgan de un lado  varias hamacas y del otro una larga mesa rectangular. Todo el lugar está iluminado por unas pocas velas que languidecen a cada minuto. Salvo el claro en donde se ubica el campamento, todo alrededor es selva y el rumor del río. En el sector destinado a la cocina humean dos ollas grandes en un fuego que invita a ponerse cerca. Estamos cansados y muertos de hambre y la comida es escasa. Un pedazo mínimo de pescado con arroz y ensalada. Somos más de treinta personas los que estamos allí. Durante la cena charlamos con un alemán y una rusa que están de novios y hace tiempo que recorren Sudamérica, mientras el ron llena y desaparece de nuestras copas.

[N]os sentamos a oscuras, en un rincón solitario, con el sonido de los insectos amplificado como si tuvieran un megáfono y charlamos en voz baja, reflexionamos sobre cómo amamos viajar, estar en contacto con la naturaleza y también en lo lejos que estamos de nuestra casa, de nuestro hogar. Sacando cuentas podemos decir que nos hallamos a dos horas de viaje en canoa, 30 minutos de avioneta y otras dos horas de auto de alguna ciudad importante de Venezuela. Somos bichos de ciudad y pensar en la inmensidad que nos otorga la naturaleza nos hace felices pero al mismo tiempo nos pone un poco nerviosos. Son tantas las cosas que tenemos resueltas en una ciudad grande, tan acostumbrados estamos que casi que no nos damos cuenta: la energía eléctrica, la tecnología, los medicamentos, el transporte, si nos falta agua o comida vamos hasta el negocio de la esquina y compramos y listo, a cualquier hora del día. En la selva es distinto hay que aprender a relacionarse con el entorno, con el río, los árboles, los animales, los insectos, dicen los lugareños que nadie sobrevive solo en la selva, todo se realiza en comunidad.

[L]as hamacas se balancean unas junto a otras, demasiado cerca, mientras de a poco se van completando de turistas y viajeros exhaustos. Las velas se van apagando y la noche sigue oscura, impenetrable. Ya acostados charlamos un rato mas con Caro, que lentamente se va durmiendo. En diagonal a nosotros un hombre enorme emite un estruendo enorme también, acompasado, molesto, odioso. No me puedo dormir, doy vueltas en la hamaca, apuro el último trago de ron, me paseo por el lugar, le muevo la hamaca al oso roncador y el balanceo merma su ronquido. La cuestión es que cuando llego a mi hamaca e intento dormirme, el estruendo comienza de nuevo. ¿A mí solo me molesta su ronquido? Todo el mundo puede dormir bien? ¿Por qué tengo esta maldición? A la cuarta vez que repito la acción: balanceo del oso- regreso a mi hamaca- intentar dormirme y fracasar miserablemente, sale lo peor de mí. A cubierto por las sombras le pego un sonoro voleo en el culo. Lindo, con el empeine, si hubiera un arco, la imaginaria pelota entraría en el ángulo. El oso se despierta, se mueve, busca entender qué le pasó, frunce los ojos en la oscuridad y raja una puteada. No puedo creer lo que hice, si llega a darse cuenta que fui yo me mata, mide dos metros y pesa mas de ciento veinte kilos. Agachado y entre murmullos que le piden al oso que se calle, vuelvo a mi hamaca y la noche retoma su ritmo, lo mismo que sus ronquidos. Mitad enojado porque sigo despierto y mitad orgulloso por mi pequeña venganza, sigo buscando el sueño que permanece esquivo, por suerte mañana nos vamos en busca del Salto del Ángel.

[singlepic id=1886 w=580 h=400 float=center] [button link=”http://periodistasviajeros.com/?p=3200″ type=”small” color=”orange” newwindow=”yes”] No te pierdas:Canaima, cultura chupística en el Salto del Ángel [/button]

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