Enero 2013

Los Jemeres Rojos asesinaron a millones de personas, un verdadero Genocidio en Camboya.

Cuando finalmente fueron derrocados por los tanques vietnamitas, recibieron ayuda y protección de las principales potencias mundiales. Hasta el día de hoy, más de tres décadas después, sólo uno de los asesinos fue condenado.

Tuol Sleng alambre de púas

Negociamos con el chofer del tuk tuk y finalmente acordamos  por 16 dólares la visita a Choeung Ek Memorial conocido como The “Killing fields”  y  Tuol Sleng, el S21, los dos más famosos centros de tortura y exterminio de los más de 300 que los Jemeres Rojos instalaron en todo el país, dos de los lugares donde se llevó adelante el genocidio en Camboya. El calor es intenso y el tuk tuk tiene que meterse por calles laberínticas en un intento de evitar el vallado que va cerrando el centro de la ciudad a la espera de la llegada de las cenizas del rey fallecido en el exilio. Las procesiones comenzarán el 1 de febrero y culminarán cuatro días después. Los Campos de la muerte quedan bastante lejos del Centro, a unos quince kilómetros en donde la basura en las calles y el polvo aumentan y el tráfico se vuelve caótico. Las motos y las camionetas no respetan ninguna norma mínima de tránsito y las personas para cruzar la calle solo se lanzan entre la vorágine de ruedas y caños de escape.

La entrada a Choeung Ek Memorial cuesta 5 dólares por persona e incluye una audioguía en varios idiomas muy útil para comprender mejor todo el recorrido.  Este campo de exterminio recibía a los prisioneros que ya tenían sentencia de muerte y era allí donde eran ejecutados.

Entrada a los killing Fields de Choeung Ek

Estupa conmemorativa

En los días de mayor actividad, 300 personas por día fueron asesinadas aquí, en total unas 20.000. Caminando por esos campos de la muerte no podemos dejar de pensar en el sufrimiento de esas personas, en cómo eran sus vidas antes de tanta locura. Tampoco podemos dejar de pensar en los responsables, en los asesinos. Esos asesinos que nunca fueron juzgados en Camboya y el “Mundo Civilizado” que lejos de hacer justicia, como casi siempre, no estuvo a la altura de las circunstancias. El recorrido se inicia con una Estupa conmemorativa en donde se pueden ver más de 9 mil calaveras y otros huesos extraídos de las tumbas colectivas.

Estupa conmemortiva

Estupa conmemortiva del genocidio en Camboya

Estupa conmemortiva

El drama camboyano empezó mucho antes, pero es preferible comenzar a contarlo desde 1970 fecha en que el rey Sihanouk (el mismo que están repatriando sus cenizas actualmente) partió al exilio tras el golpe de estado de Lon Nol, un dictadorcito de derecha, corrupto e inoperante que por el solo hecho de no ser de izquierda recibió millones de dólares de Estados Unidos que se encontraba en medio de la guerra de Vietnam. Por ello Lon Nol permitió que los norteamericanos masacraran poblaciones enteras camboyanas en busca de destruir las líneas de abastecimiento de los nor vietnamitas que acosaban Saigón y que también se introducían constantemente en territorio camboyano. Entre la miseria y las bombas creció la figura de Pol Pot y sus Jemeres Rojos, con un discurso nacionalista que hablaba de devolver la grandeza al antiguo pueblo khmer, luchar contra el imperialismo y terminar con las clases sociales, mientras sus tropas recibían armas chinas y entrenamiento de los vietnamitas del norte.

El sendero por el que caminamos está silencioso, son muchos los turistas que transitan por allí pero nadie habla, el silencio lo rompen solo los pájaros,  cada hueco en la tierra indica una tumba colectiva. Hay 129 solo en este campo, donde aún hoy se siguen encontrando huesos y dientes. Mientras mataban, los milicianos Jemeres Rojos debían recordar las palabras que Pol Pot les repetía todo el tiempo: “Mejor matar a un inocente por error que dejar vivo a un enemigo por error” y “Para desenterrar la hierba hay que sacar hasta las raíces”. Estaba claro, había que matar a todos, no importaba nada, ni los monjes budistas se salvaron.

Fosa común

Fosas comunes

Árbol de la muerte

Al final del trayecto llegamos al árbol del exterminio uno de los lugares que no te dejan dormir de noche, allí asesinaban a los bebés recién nacidos golpeándolos en la cabeza. A estos asesinos protegió el Mundo tras la caída de los Jemeres Rojos.

Árbol de la muerte

Nos montamos en nuestro tuk tuk y desandamos el camino hacia Tuol Sleng, el S-21, la que fuera una escuela, símbolo perfecto de la idiosincrasia de Pol Pot, quién se hacía llamar el hermano número 1, ya que bajo su mando fueron prohibidas todas las escuelas del país. Saber leer o hablar otro idioma también era motivo de muerte. Este era un campo de concentración en donde se torturaba a los prisioneros, se los mantenía en celdas individuales y se los hacía firmar declaraciones en donde confirmaban que eran parte de la CIA, la KGB o cuanta organización de espionaje se les ocurriera a los torturadores. Estos campesinos que no sabían ni leer ni escribir eran capaces de firmar lo que fuera con tal de que terminara el dolor.

Tuol Sleng S-21

Tuol Sleng S-21

Tuol Sleng S-21

Recorremos las aulas convertidas en mazmorras, que todavía tienen huellas de sangre en sus pisos, en donde también fueron torturados maestros, profesores, abogados, contadores y más. Cualquier persona que no tuviera las manos ajadas por trabajar en el campo o se opusiera real o imaginariamente a los planes de Pol Pot terminaba allí. Los que quedaban con vida a pesar de las torturas, eran enviados a alguno de los cientos de Killing Fields que poblaban el país.

Cuarto de tortura Tuol Sleng

Marcas en cuarto de tortura Tuol Sleng

Huella de sangre en cuarto de tortura

Cartel de mandamientos s-21

Tuol Sleng alambre de puas

Celdas de detención Tuol Sleng

Sobreviviente del Tuol Sleng

Cuando cayeron los Jemeres Rojos y las tropas vietnamitas ingresaron en el  S21 encontraron solo siete personas con vida. Ante de salir nos encontramos con una de  ellas, su nombre es Chum Mey,  vende su libro contando su historia y actualmente es el Director de la Asociación de Victimas de la Kampuchea Democrática ( así renombró Pol Pot al país). No podemos hacer otra cosa que darle un abrazo.

aro con sobreviviente Tuol Sleng

Tan espantoso e inocultable fue lo sucedido en el S21 que el único de los asesinos Jemeres Rojos que resultó condenado hasta el día de hoy fue justamente el director de esta prisión, Comrade Dutch, aunque 35 años más tarde. Para los argentinos es inevitable caminar por allí y recordar centros de tortura y muerte como la Escuela de Mecánica de la Armada o Campo de Mayo, hay que decir con orgullo que la mayoría de nuestros genocidas fueron o están siendo juzgados y tarde o temprano terminarán en prisión. Las sociedades se construyen con memoria y justicia, no con olvido e impunidad.

Fotos Museo Tuol Sleng

Asesinado en Tuol Sleng

Carteles de asesinados en Tuol Sleng

El macabro experimento de los Jemeres Rojos duró poco menos de cuatro años, exactamente 3 años, 8 meses y veinte días,  en donde mataron 1 millón y medio de personas y dejaron morir de hambre y enfermedades a otro millón y medio más. Murieron 1 de cada 4 camboyanos. Todo terminó en 1979 cuando las tropas de Vietnam (reunificado tras la victoria en la guerra contra Estados Unidos) entraron en Phnom Penh cansados de la traición y las provocaciones de Pol Pot, Leng Sary y  Khieu Samphan, (estos dos más tarde recibirían la amnistía del rey Sihanouk por sus crímenes). Tras el control de las principales zonas de Camboya, los ejércitos vietnamitas colocaron un gobierno afín a sus intereses y regresaron a su país. En los años siguientes los principales líderes del mundo demostrarían su cinismo y quedarían en la historia como los que permitieron que asesinos que no tendrían nada que envidiarle a Adolph Hitler no solo quedaran impunes sino que por años fueran recibidos en las reuniones de la ONU como representantes de Camboya por más que no estuvieran más en el poder. En medio de la Guerra Fría y con una mirada binaria que en la actualidad está más presente que nunca,  planteaban eso de que “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”, entonces ante esta máxima, no importaban las millones de muertes que tuvieran Pol Pot y los miembros del Angkar (El Partido) sobre sus espaldas. Si el nuevo gobierno camboyano era aliado de Vietnam y de la Unión Soviética, entonces los Jemeres Rojos (la expresión más radical del comunismo en la historia) se convertían inmediatamente en aliados de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Australia, Alemania, entre otros paladines de la república, la democracia y los derechos humanos; mas China y Tailandia a quienes ni siquiera les parecían tan importantes estos tópicos. Ojalá algún día los líderes del mundo comprendan que los asesinos y genocidas deben ser juzgados siempre, sin importar sus sistemas económicos, gustos políticos, religión o aliados. Pol Pot nunca fue condenado y murió junto a sus seres queridos  el 15 de abril de 1998, tenía 73 años. Ojalá que no descanse en paz. Los tribunales camboyanos e internacionales que desde hace años se comprometieron a juzgar a los tres máximos responsables de las masacres que aún quedan con vida: Nuon Chea, Ieng Sary y Khieu Samphan  hace dos que están paralizados por falta de fondos, un despropósito, nuevamente el cinismo en su estado más puro. Es evidente la jugada, todos estos personajes tienen más de 80 años, todos los involucrados en la investigación están haciendo lo imposible para que estos genocidas mueran de viejos y no sean condenados en vida.

Los 15 minutos de regreso al hotel los hacemos en silencio y pensativos. Las sensaciones son demasiado fuertes. Volvemos hacia la costanera y nos sentamos en un restaurante frente al río,  la calle está vacía gracias a las vallas que resguardan toda la zona por los actos del día siguiente en honor del polémico rey Sihanouk, que a nuestros ojos no parece despertar demasiadas simpatías de la gente. La propaganda oficial anuncia un millón de visitantes, difícil que puedan asistir tantas personas, son otras las preocupaciones inmediatas que embargan a los camboyanos. Por los movimientos de gente que se ven en la ciudad,  no creemos que asista ni un diez por ciento de esa cifra. Mientras tomamos una cerveza Angkor bien fría,  varios chicos dejan sus mercaderías a un costado y arman un improvisado partido de fútbol en medio de la calle.  No es cosa de todos los días semejante partidazo en ese lugar. Corren, ríen, son la nueva generación. A pesar de todas las carencias, por lo menos el país comienza a levantarse de a poco, ellos tienen mucho por delante, de corazón ojalá que puedan hacerlo.

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