Enero 2006

Arco de Antigua, Guatemala

Partimos de la isla de Flores hacia la ciudad de Guatemala para visitar amigos, además de darnos unas cuantas vueltas por la capital del país en dónde en 1821 se firmó el Acta de la Independencia de Centroamérica. Después seguiremos viaje hasta la encantadora Antigua, que fuera capital de la capitanía de Guatemala durante el dominio español y cuyo nombre era Santiago de los Caballeros de Guatemala. Pero eso será mas adelante.

 

Iglesia de Chichicastenango, Guatemala

Como Flores se ubica a poco menos de 500 kilómetros de la ciudad de Guatemala y representa un viaje de diez horas, sacamos pasajes en un bus nocturno para ganar tiempo durmiendo mientras nos movemos y además para ahorrarnos la noche de hotel. En Guatemala los conceptos de horario y puntualidad son bastante abstractos y por eso nuestro bus arranca con mucho retraso. La ruta es angosta y en algunos tramos está en muy mal estado, por suerte no hay demasiado tráfico. Para Caro es fácil dormirse en los buses (autos, trenes, aviones, barcos, motos, etc) pero para mí en cambio es muy difícil. Mi sueño es como una especie de dispositivo de despegue de un cohete a la luna, que si falla en algún momento ya sea por algún ruido, luz misteriosa, aroma extraño o lo que sea, vuelve a reiniciarse desde cero. No es en broma cuando digo que envidio enormemente a los que apoyan la cabeza en la almohada y se duermen en un segundo. O aquellos que pueden lanzarse a los brazos de orfeo en las posturas mas extravagantes: parados, con la cabeza colgando, entre dos sillas con nada en medio, sobre un parlante sonando a todo lo que da. O en cualquier lugar, ya sean cines, teatros, recitales, entrega de diplomas, discotecas, una cancha de fútbol con cincuenta mil personas o una fiesta de casamiento con la banda tocando. A mí en cambio, cuando logro dormirme superando todos los obstáculos, y por ejemplo una mano me queda colgando, a los cinco minutos me despierto por el entumecimiento de los dedos.  Tengo la sospecha que el exceso de conciencia conspira para conseguir un buen sueño, como la falta de ella produce el efecto contrario.

El bus avanza lentamente deteniéndose en la ruta y subiendo pasajeros que cuando todos los asientos están completos se van acomodando en el piso. Cada una o dos horas nos detenemos en destartalados paradores en donde unos cuantos vendedores ofrecen sus productos y todos los pasajeros improvisamos un baño en algún rincón lóbrego y alejado. La noche está oscura y templada y unas pocas estrellas aportan algo de luz. Son pasadas las tres de la mañana y el bus se detiene por enésima vez en un pequeño puesto iluminado con una cansina bombita que balancea de un cable. Más allá, un par de restaurantes cerrados con techo de chapa y detrás unas pocas casas silenciosas y sombrías. Pensamos que se trata de una nueva parada para salir corriendo en busca de algún baño, pero no es así. El chofer sin mediar explicaciones nos dice a todos que bajemos con nuestras valijas y que no olvidemos nada porque nos van a cambiar de bus. Desconcertados, nos miramos entre todos y comenzamos a descender. Primero pensamos que nuestro bus se había descompuesto…no sería algo inusual, pero sacando la cabeza por la ventanilla el conductor nos grita que tiene que levantar a otros viajeros que hace varias horas que están allí varados. Por eso utilizará el bus en el que veníamos nosotros. ¡Entonces el bus descompuesto era otro! Difícil de entender la situación, allí abandonados en la oscuridad parece el comienzo de una las típicas película de terror. ¿A quién matará primero el loco de la motosierra?  Somos unas treinta personas que estamos en un punto impreciso entre Flores y la capital con nuestras mochilas a cuestas y a la espera.

En medio del tedio, el cansancio y los mosquitos, nos ponemos a mirar a nuestros compañeros de viaje, son trabajadores, campesinos, un par de turistas ingleses y una familia que por su ropa pensamos que pueden ser mormones, amish o menonitas. El padre que parece un predicador viste de traje oscuro, camisa blanca y corbata y lleva una biblia en una mano, habla en inglés con su mujer que lleva un largo vestido negro y sus cuatro hijos, dos niños y dos niñas con las mismas vestimentas que sus padres.  La familia está mudándose desde algún lugar de Estados Unidos así que entre todos empiezan a sacar de la bodega camas, un escritorio y algunos muebles.   Deberían protestar más que nosotros pero sus caras parecen inmutables. A pocos metros acodados a una mesa que parece a punto de caerse, dos hombres hablan agarrados a sus botellas de cerveza como si en ello les fuera la vida, con toda la mano para que no se escape. Se nota que hace horas que están allí, se los ve cansados. Sus dedos ajados y con miles de arrugas, sus ropas humildes delatan que son trabajadores del campo. Todos estamos en silencio, así que fijo mi mirada en esos hombres, hablan animadamente pero no escucho lo que dicen. Uno de ellos, le da un largo trago a su cerveza y luego le hace señas al cantinero para que le de otra. Se revisa los bolsillos y se da cuenta que no hay nada, solo polvo, entonces medio tambaleando se acerca al grupo de viajeros que espera para pedir una moneda para el último trago asegura. Es un hombre mayor, pequeño, de tez oscura, se nota que ha trabajado duramente toda su vida, se nota en sus pies y en sus manos, también en su postura un tanto encorvada por el peso levantado. Es uno de los millones de campesinos y trabajadores de un país hermoso pero también sumamente desigual como Guatemala. Pienso que tiene derecho a tomarse todos los tragos que se le de la gana y busco en mis bolsillos para darle unas cuantas monedas para su cerveza, pero en ese momento lo abaraja el predicador y lo sienta junto a él. Le muestra la biblia y en un español prácticamente indescifrable que intercala además palabras en inglés, comienza a explicarle que tiene que dejar la bebida, que el alcohol es un envío del demonio, que tiene que cambiar de vida, que él lo puede ayudar. El sermón se extiende por varios minutos mientras que Julio David, eso fue lo único que atinó a decir el hombre, escucha con la mirada perdida. Cada tanto asiente, pero no aparenta entender demasiado. Sus ojos acuosos parecen decir “yo solo me acerqué para pedir una moneda, ¿cómo empezó todo esto?”

La situación es bizarra: estamos en medio de una ruta guatemalteca, de madrugada, calor y humedad, con un predicador mormón o amish o menonita dando su sermón y el campesino pasado de copas que lo escucha y el resto de los silenciosos pasajeros, y nosotros masticando cansancio y bronca. Han transcurrido dos horas y cuando ya pensábamos que nos habían estafado y abandonado en medio de la nada,  las luces de un nuevo bus aparecen como un flash delante nuestro, nos apuramos en subirnos para conseguir asientos, mientras que el evangelizador sigue con su prédica hasta el último segundo antes de partir. Julio David que sigue inmóvil junto a él lo mira con resignación. En su rostro se lee claramente “Debe tratarse de algún castigo divino, esto me pasa por tomarme unos tragos de más. Mejor me voy a dormir…”

Plaza Central de Guatemala

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