Europa Holanda

Primera vez en Ámsterdam

Primera vez en Ámsterdam
Primera vez en Ámsterdam
Los colores de la memoria

Los colores de la memoria

Las razones por las que nuestra memoria insiste en regresar una y otra vez a la capital de Holanda: nuestra primera vez en Ámsterdam.

No sé cómo funcionará la memoria de los demás, pero la mía recuerda con imágenes desordenadas, fotos fugaces, chispazos, como si le costara armar una película completa con inicio, nudo y desenlace. Es así de misteriosa ésta memoria. No tiene orden, puede arrancar por el final y luego regresar al inicio. O sólo quedarse en detalles, pero que son tan importantes como el conjunto. Y consigue transportarme de una manera tan vívida que puedo volver a esos lugares aunque me encuentre a miles de kilómetros. Cuando pienso en nuestra primera vez en Ámsterdam, en los días que pasamos en esa primavera fresca de hace unos años que recién estaba despertando, empiezan los flashes: el atardecer sobre el puente Jan Vinckbrug con la ciudad que comienza a encenderse y la luz de una farola que ilumina un beso; o cuando nos guarecemos bajo un toldo rojo de una tormenta que vino tan rápido como se fue; o nuestras bicicletas saltando charcos mientras cruzamos el puente Torontobrug y bordeamos el río Amstel camino a la Rembrandtplein.

Puente Jan Vinckbrug, Amsterdam, Holanda

Primera vez en Ámsterdam: Puente Jan Vinckbrug, Ámsterdam, Holanda

Anochecer en Amstedam, Holanda

Anochecer en Ámsterdam, Holanda

Las fotos siguientes incorporan el aroma de las flores mojadas y el gusto amargo de las cervezas que nos tomamos en unos de los bares que rodean la plaza, frente a la mirada seria de la estatua del gran pintor. Y en el próximo retrato, quizás por asociación de ideas, ya es de día, el cielo está celeste, algodonoso y el Bloemenmarkt, el mercado de las flores de la ciudad estalla en colores, aromas y murmullos junto al canal Singel.

Estatua de Rembrandt en Amsterdam

Rembrandt: mirada seria de la estatua del gran pintor

Tulipanes del mercado de las flores

Tulipanes del mercado de las flores

La memoria va entrando en calor, ahora aparece una película, cortita, como si hubiésemos llevado una cámara de video en nuestros ojos. Ojos que se posan por unos segundos en el centro de la plaza Dam, en el obelisco que recuerda a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, que ven la gente que camina en diferentes direcciones, que admiran el Palacio Real y la Nieuwe Kerk, la iglesia Nueva, mientras el audio graba idiomas de medio mundo.

Plaza Dam, Amsterdam, Holanda

Plaza Dam, Ámsterdam, Holanda

Cisnes canal de Amsterdam, Holanda

Almuerzo con cisnes a orillas de algún canal

Y una nueva postal aparece como si nada como un relámpago: cisnes. Cisnes y gaviotas. Nuestros pies se balancean cuando nos sentamos junto a un canal, no sabemos cuál, qué importa, cada uno es inolvidable. ¡Memoria decí algo! Sólo que es hermoso, con las casas de ladrillos simétricas, los botecitos que pasan, los árboles que nos dan sombra y los patos y las gaviotas que se acercan a comer las migas de pan de los que almorzamos junto al agua.

La casa más angosta de Amsterdam

La casa más angosta de Ámsterdam ¿Quién vivirá entre sus paredes de ladrillo?

Canales de Amsterdam en el Barrio Rojo

Canales de Ámsterdam en el Barrio Rojo

Y vuelve a hacerse de noche en la memoria, los puentes de piedra están iluminados con pequeñas bombitas rojas y esas luces se funden en la memoria con otras también muy rojas, un poco menos inocentes, las del barrio Rojo, el barrio de la lujuria, del desenfreno, de la libertad y el negocio, el de los bares de hongos alucinógenos y marihuana. La postal es esa, no juzga esta memoria.

Puentes de colores

Puentes de colores

Recuerdo que fuimos detectives en Ámsterdam, buscando su alma, dejando la nuestra. En una de las tantas casas flotantes, el dueño tiene una copa de vino en la mano, fuma y conversa con una mujer, sonríe. Nunca pensamos en vivir en una casa flotante, en esta ciudad debe ser un placer dormir con el lento bamboleo de las olas.

casas flotantes Amsterdam

¿Qué historias habrá detrás de esa ventana iluminada?

Otro fogonazo, en la plaza Leidsen, un hombre hace malabares con una pelota, a la gorra, mucha gente aplaude. En un costado el imponente edificio del Stadsschouwburg, el teatro Municipal, una parrilla argentina, una trattoria italiana, un restaurante mexicano, uno de sushi y un bar irlandés. ¿Dónde cenamos aquella noche? No recuerdo. -Caro, ¿vos?-

Plaza Leidsen, Ámsterdam

Tengo que revisar los diarios de viaje de nuestra primera vez en Ámsterdam, ver las fotos de ese momento. No, que trabaje la memoria, que recupere esos momentos únicos. Como cuando recorrimos la casa de Ana Frank, pasamos allí media hora y sus cuartos de ventanas tapiadas, escondites, miedos y susurros se vuelven claustrofóbicos. Dos años, vivieron allí así. Dos años. Y el final no fue mejor. Ana fue valiente y dejó para siempre un testimonio de lo que puede hacer la maldad humana. De la oscuridad, aparecen en un destello los trazos impresionantes del gran Van Gogh y los más opacos de Rembrandt en su manía por autorretratarse, todo esto también es Holanda. Una fila de bicicletas pasa fugaz como los recuerdos, van filmando el recorrido, van tomando cerveza. ¡Cómo me tomaría una bien fría ahora mismo! Todo eso es Ámsterdam. Fue y vino como quiso la memoria, tanto que regresó hasta el caserón de la calle Greenstad, a unos pocos metros del río Amstel, la que nos prestaron por unos días unos amigos. Las valijas ya están listas, la nostalgia de la despedida en el pecho y la certeza en el alma de que algún día vamos a volver.

Ámsterdam, ya te volveremos a ver pronto

 

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