Jaisalmer, Bikaner y Jodhpur son tres de las ciudades más populares del Rajasthán  para realizar travesías al desierto, por supuesto sobre camellos. Más allá de lo divertido de la aventura hay que estar muy atentos a la hora de contratar el mejor servicio porque suele haber problemas.

Los hoteles/campamentos que se utilizan para  iniciar la travesía al desierto se ubican a una hora de Jaisalmer, al oeste del Rajasthán. Muchos viajeros los contratan desde allí, nosotros en cambio, en esta oportunidad seguimos la recomendación de Shyam, el chofer que nos acompaña en esta parte del viaje. Generalmente nos ha aconsejado bien y por eso confiamos en él, pero en esta ocasión la pifió un poco y ya les contaremos por qué.

Al final de un camino polvoriento en donde los camellos y las cabras se nos cruzan constantemente, pasamos por delante de unos cuantos hoteles, casi todos extremadamente rústicos y con cara de caerse abajo en cualquier momento. Llegamos al nuestro que se llama Mangalam, y lo nombramos para que traten de esquivarlo si andan viajando por estas tierras. Es un patio en medio de unas destartaladas habitaciones de techo de paja que están verdaderamente llenas de bichos y casi que las tienen de vista porque todo el mundo prefiere dormir en el desierto y lo bien que hacen. Allí jugados y sin fichas nos piden 2000 rupias (casi 40usd) cada uno por el safari  con camellos, alojamiento, más cena y desayuno. Nos parece demasiado pero no tenemos demasiados opciones.  Caro lucha y consigue un descuento de 400 rupias, allí solos en medio del desierto es una verdadera victoria.

Arreglado el precio y sin mediar demasiadas palabras caminamos unos cuantos metros y nos suben a dos camellos de entre unos cuantos que descansan allí.  Son las cuatro de la tarde y en un par de horas cae el atardecer, así que rápidamente tenemos que llegar hasta el corazón del desierto.

Los camellos reales no son como esos bichos simpáticos que uno ve en las publicidades de los cigarrillos. Créannos que no. Son malhumorados y lo peor de todo flatulentos. Andamos por un largo sendero en donde las piernas empiezan a doler rápidamente, también la espalda y los sonidos de la “naturaleza” continúan ininterrumpidamente.

Comenzamos a subir por sinuosos médanos en donde a lo lejos se pueden ver hermosas dunas doradas y también otros esforzados viajeros sufriendo sobre sus camellos de una sola joroba.

Luego de una hora llegamos a la cima de las dunas, con bonitos paisajes y el sol difuminado que cae enfrente nuestro y arena, solo arena.  Nos acostamos allí, a descansar y a esperar el atardecer.

En medio de la soledad que te propone el desierto,  vemos a lo lejos, parecen dos kilómetros, una figura estilo Laurence de Arabia que se acerca hasta nosotros muy lentamente. Qué estará haciendo allí en medio de la nada, nos preguntamos. La respuesta llega en unos minutos. Sin hablar, su mirada hosca,  su cara marcada por el desierto, el pelo oscuro y corto, abre la bolsa que pesadamente lleva y… nos ofrece gaseosas y cervezas.  Impresionante el desert delivery.

Tras la caída del sol regresamos a esa especie de hotel, apurando el paso, los camellos ya de por si malhumorados, tienen un disgusto que se nota bastante. El disgusto nuestro empieza cuando al bajar  el pedido de propina de los camelleros se vuelve prácticamente una orden. En el patio improvisan pequeñas mesas y somos unos 16 turistas los que nos aprestamos allí para cenar. En eso comienza un show de música excesivamente largo, estridente y monótono y para empeorar todo llega la comida vegetariana que no pasaría el test del paladar más exigente ni siquiera del menos.  Además la bebida se paga aparte. Solo la esperanza de pasar la noche en el desierto nos levanta la moral.

Con la noche instalada y oscura, salimos todos en unos carros tirados por camellos. Recorremos unos tres kilómetros y en un claro desensillamos y allí bajo las estrellas en unas literas con bolsas de dormir, bien tapados nos acomodamos.  No hay tiendas de noche, ni fogón, ni cuentos sobre las milenarias caravanas que cruzaban por allí como nos habían contado otros viajeros. Ni nada. Solo el cielo como techo. Casi que nos mandan a dormir como nenes y no son ni las diez. ¡Ufa!

La noche está fresca y el cielo tiene miles de estrellas, increíble las constelaciones que se pueden ver desde allí. Por suerte tenemos unas cervezas que alargan la charla hasta un rato más tarde. Habíamos soñado que sería diferente, pero tampoco estuvo tan mal dormir en el desierto bajo las estrellas entre los ruidos de los camellos que comen de los arboles cercanos y las pisadas de los escarabajos que pasan por debajo nuestro.

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