Varanasi te produce angustia, melancolía cuando la ves por primera vez. Allí todo es silencio y tristeza.

El misticismo y la religiosidad lo envuelven todo en las escalinatas de piedra llamadas Gaths que se deslizan lentamente hasta internarse en el Ganges. No podría ser de otra manera, es una ciudad sagrada en donde las personas viajan para morir y así liberarse del eterno ciclo de reencarnaciones del hinduismo.

Otros cientos de miles llegan hasta allí para lavar sus pecados en las sagradas y sumamente contaminadas aguas del Ganga, como lo llaman cariñosamente. La tradición ordena a todo hinduista visitarla por lo menos una vez en la vida y hacia ella se dirigen todos los años millones de personas, sea como sea. En medio de tanta espiritualidad, de tan concentrado fervor religioso, los timos, las estafas y los robos de los personajes que rondan por aquí representan una gran contradicción. La misma contradicción que se siente al alejarse unos pocos metros de los Gaths para internarse en las calles de la ciudad.  Allí el caos y la pobreza se unen en un peligroso cóctel de bocinazos, gritos, empujones, autos, motos, rickshaws (bicicletas con asiento para pasajeros), mendigos, animales y basura. Es imposible pararse a mirar, la marea presurosa te lleva por delante, te choca, si te caés te pasa  por encima.  Son tantas las necesidades de la gente, tanta la pobreza y la desigualdad,  que hace mucho tiempo que la honradez ha tomado sinuosos caminos que han convertido al turista/viajero/peregrino en una pieza muy preciada como para abandonarla así nomás. Entonces intentan venderte lo invendible, siempre a precios extravagantes, se acercan y te hablan en voz baja y luego te piden propina o simplemente reclaman unas rupias porque no tienen para comer.

Caminar tan solo unos pasos en medio de esa locura urbana resulta una experiencia poco placentera, muy interesante pero muy dolorosa también. Desde dentro de los negocios la gente arroja la basura a la calle o simplemente abren las ventanas de sus casas y tiran lo que se les ocurre sin mirar quien pasa por enfrente o debajo. Por momentos nos preguntamos por qué se tratan así y por qué maltratan tanto a su ciudad si dicen que la aman. Los olores allí son profundos, te invaden, te hacen fruncir la nariz,  las cloacas hace mucho que han colapsado, las vacas caminan a su antojo y la bosta se acumula junto a montañas de basura, las ratas pasean por los mismos lugares en donde juegan los niños y los monos van de techo en techo buscando algo para robarse. Cada tanto el aroma a masala, a curry o a fritanga de los puestos de comida se esparce por el aire, rompe el olor fétido y lo vuelven cálido, hasta tentador.

Pero empecemos por el principio. Llegar hasta Varanasi no es fácil. Salimos del aeropuerto de Kathmandú que tiene más controles que un aeropuerto norteamericano, pero con un cuarto de la comodidad y una hora y media después aterrizamos en tierra India.  Al salir,  el taxi que nos tenía que enviar la gente del hotel brilla por su ausencia.  Allí no existen otros medios de transporte, solo el monopolio de los taxistas designados en el lugar.  Así que o nos quedamos a vivir allí como Tom Hanks en la película La Terminal o pagamos  las excesivas e inamovibles 700 rupias (14 usd) por el viaje hasta el centro de la ciudad. No queda otra, nos subimos al auto. La ruta es como un verdadero videojuego diseñado para la vida real y para peor ideado por el más extravagante y cruel creador. Los conductores manejan como locos entre toros, vacas y cabras que se cruzan todo el tiempo en el camino. Constantes bocinazos, maniobras muy peligrosas en donde enormes camiones de la década del 50 o tractores con acoplado y todo se nos vienen de frente y solo un segundo antes de chocar  logramos esquivarlos. No somos religiosos pero en casos como este no está mal recibir un poco de ayuda divina, así que nos encomendamos a medio santoral cristiano. Como todavía falta mucho y no vemos que esto mejore decidimos cortar por lo sano y pedir ayuda a los dioses locales, ellos conocen mejor la zona. Brahma, Krishna, Vishnu, Shiva, Parvati, Laxmi, Ganesha, Hanuman. Recurrimos a casi todo el panteón hindú, creemos que no nos falta ninguno. Tras una hora en donde pensamos que nuestra carrera de viajeros se terminaría  abruptamente, el chofer se detiene en medio de una avenida que es una locura de gente y nos manda con un rickshaw  para que nos lleve hasta el hotel. La cosa se pone cada vez peor, lo miramos con desconfianza, en la India son tan comunes las estafas que hay que estar atentos todo el tiempo, pero el chofer nos dice que es un braman (casta superior) y que nunca estafa a la gente. Nos subimos con valijas y todo haciendo una pila que a los pocos metros se cae toda al suelo entre miles de personas y animales. No sabemos muy  bien cómo, pero volvemos a subirnos y así avanzamos en medio de la multitud. Mientras el pibe pedalea, nosotros nos tambaleamos en el carro, a punto de caer. Unas cuadras más allá ingresa en un oscuro callejón y se detiene. Nos dice que no puede seguir  y allí nos deja, además de reclamarnos una propina. Delante nuestro se abre un laberinto intrincado y angosto, lleno de pozos, animales y basura.

Con las mochilas a cuestas  empezamos a preguntar por nuestro hotel Sita Guest House, siempre la indicación es un gesto que dice doblar o seguir, nada más. Pasamos entre vacas y cabras que ocupan todo en las pequeñas calles, vendedores, destartalados negocios y presuntos guías;  algunos hombres cocinan en la calle con sus enormes y antiguos calderos y policías con enormes escopetas heredadas del imperio británico custodian un templo que aparece a pocos metros. Doblamos a la derecha, luego a la izquierda, en todo momento nos sentimos perdidos, sabemos que el hotel da al río, pero este no aparece por ningún lado, no existen los carteles, nada tiene nombre. Finalmente lo vemos, de tanto dar vueltas nos encontramos en la cima de las escalinatas que dan al Ganges.  El encargado de la recepción nos recibe con un inexpresivo “Ah, ¿Llegaron? Me olvidé de enviarles su taxi”, nada de disculpas, ni siquiera le importa. Demasiado cansados para discutir  nos vamos al cuarto, que es rústico y la limpieza deja bastante que desear. Lo mejor es la ubicación, con un pequeño balcón que mira directo al Ganges. Esperanzados intentamos abrir la puerta, pero allí se ha instalado una familia de monos, para nada amigable. Sentados en la cama nos miramos con cara de ¿Qué más puede pasar? Y en ese momento toda la ciudad se queda a oscuras.

Temprano cuando la bruma comienza a disiparse, el Ganges tiene una belleza sin igual, con su tranquilidad y sus pequeñas y silenciosas barcas que parecen navegar  por encima de la superficie del agua.  A derecha e izquierda se pueden ver los más de ochenta gaths y en la otra orilla, lejana y árida los pastores arrean sus animales y las mujeres caminan con cuencos en la cabeza. Salimos a explorar la ciudad, hace calor y el sol está alto.

Bajamos las escalinatas y vemos a la gente que se baña con total naturalidad en el río, mujeres que lavan la ropa y algunos niños que juegan allí. Junto a las personas también se bañan unos cuantos búfalos de agua, más allá se ven perros callejeros que buscan comida entre la basura que flota, cabras, toros, bueyes y cualquier variación bovina. Por delante nuestro pasan mujeres con sus saris multicolores y su cara cubierta y hombres de largas barbas enfundados en túnicas blancas o anaranjadas.

Pasamos el Rana Ghat y andamos hasta la amplia explanada del Dasaswamedh Gath unos de los más importantes de toda la ciudad, por allí se accede a una calle con humildes vendedores, carros y vacas, que da a la calle principal (en la que nos dejó el taxista el día anterior) en donde todo es caótico.

Manikarnika Gath

Tiempo después vamos hasta Manikarnika, el Gath más visitado de la ciudad y uno de los dos en donde se realizan las míticas y místicas cremaciones, 200 por día, todos los días. Al llegar nomás se te empiezan a acercar hombres que te quieren contar la historia de lo que pasa allí, te indican que están terminantemente prohibidas las fotografías, que hay que respetar lo sagrado de la tradición y varias cosas por el estilo. Asentimos, nos parece correcto. Comenzamos a guardar nuestra cámara, en ese momento rápidamente, uno de ellos nos aclara que por una generosa donación, pueden hacer una excepción con nosotros. Nos negamos, nos molestan sobremanera este tipo de propuestas.  De nuevo las contradicciones, lo sagrado, las estafas,  lo no tan sagrado, todo mezclado, en fin. Le decimos que nos deje en paz, se va pero viene otro, luego otro y luego otro más. Imposible concentrarse. Si optás por no responderles, ellos siguen hablando sin ningún tipo de permiso y además consideran el trabajo hecho con el consiguiente  derecho a reclamar dinero, la cifra que se les ocurra y de manera muy insistente.

Allí todo impresiona, los complejos pasos del ritual de la muerte, la religiosidad, pero también la monótona resignación de los que trabajan allí desde hace años. Por todo el lugar se apilan cientos de trozos de madera, hombres que solo miran, sentados fumando y los parientes (solo los varones están permitidos) de los muertos que acompañan el proceso milenario. Junto al río se lavan los cuerpos en las aguas sagradas, se los envuelve en túnicas rojas y doradas y después se procede a prenderlos fuego en una pira de leña ardiendo.  Junto a los cuerpos, las vacas comen las flores de los adornos, las cabras saltan divertidas y los “guías” discuten entre ellos nuevas maneras de aprovecharse de los incautos.

Pasadas las cinco nos subimos a un bote para hacer el recorrido por el mismísimo Ganges, nuestro conductor nos dice que lo llamemos Banana. Así, como suena (una hora 100 rupias).  Iniciamos el viaje, lentamente, mientras rema rítmicamente mastica y escupe al río un espeso líquido rojo.

Gath Manikanirka desde el barco

Llegamos nuevamente hasta el Manikanirka en donde las piras humean y nos pregunta por qué no sacamos fotos. Lo miramos inquisitivamente y le decimos que nos habían dicho que estaba prohibido y todo lo demás. Nos mira con cara de que somos demasiado inocentes.  -“No hay problema, desde acá no está prohibido”, nos dice sonriendo. Aprovechamos entonces a tomar la cámara y plasmar el ritual.

Luego seguimos nuestro camino lánguidamente, pasando por el resto de los gaths mientras cae la tarde,  en sus escalinatas se desvisten y luego bañan en el río decenas de hombres, también toman agua de allí,  cuando llegamos a la altura de una bonita mezquita pegamos la vuelta.

Va terminando la hora pagada y arreglamos por 100 rupias extras extendernos un rato más y acercarnos al Dasaswamedh gath para presenciar el populoso ritual que se realiza allí todos los días a las 18 30 hs. Mientras nos dirigimos hacia allí Banana nos dice que hemos tomado una buena decisión al querer verlo desde el bote, porque desde las escalinatas pueden poner bombas los paquistaníes.  Un minuto después y casi sin saludar se baja del bote saltando hasta la orilla y en su lugar toma los remos su suegro, un anciano, flaco de barba blanca y mirada bondadosa. Puede tener entre ochenta y ciento diez años, quien sabe. No habla una sola palabra, solo sus ojos de increíble expresión nos indican si nos estamos moviendo mucho en el bote o preguntan hacia dónde queremos dirigirnos.

Nos detenemos frente al gath en donde la ceremonia ya empezó, allí se agrupan decenas de barcazas y las escaleras están repletas de personas. La música suena alta y varios hombres realizan difíciles contorsiones con candelabros encendidos.

A medida que avanza el ritual, sube la tensión y también el ruido de tambores, produciendo un momento hipnótico, perdido en el tiempo y el espacio.

Tan rápido como se inicia, finaliza y en segundos los miles allí desaparecen de regreso a sus casas. El Ganges retoma su tranquilidad al compás de la noche, en la orilla nosotros nos despedimos del viejo, le damos una propina y nos sonríe. En segundos él también desaparece entre la bruma y la oscuridad de la noche. ¿Existió realmente el hombre o la ciudad sagrada del Ganges nos está volviendo locos?

Caminamos por los gath hasta el hotel, entre sinuosas sombras que se deslizan junto a las paredes. Otro apagón nos recibe al llegar al cuarto. Miramos por la ventana como la espesa negrura se funde en el paisaje. Esperamos sentados, solos y en silencio a la luz de una linterna, quizás los monos que siguen allí se vayan por un rato y nos permitan salir al balcón para pegarle una última mirada al río sagrado.

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