Volamos a Bali, la isla mas famosa de la enorme Indonesia, la que es una leyenda para turistas y viajeros de todo el mundo,  la de las playas increíbles y la del mejor publicista del planeta. Sí, porque en los días que pasamos allí nos encontramos con algo totalmente diferente a lo que esperábamos. Como punto de partida para empezar a relacionarnos con la ciudad nos alojamos en la zona de Kuta y Legian, sus dos playas mas famosas. Al salir del aeropuerto y recorrer en taxi unos pocos kilómetros lo primero que nos impactó fue el extenso paredón que no permite ver el mar desde la costanera solo intuirlo y más allá la playa a oscuras. Nosotros que soñábamos con unas cervezas junto al agüita cálida, ya empezábamos a desencantarnos.  Son las diez de la noche y nos vamos a cenar a la avenida Legian con Nacho un rosarino que conocimos en el avión y que compartió nuestras peripecias para encontrar hotel. Por allí hay bastante movimiento, muchos jóvenes, autos y motos, restaurantes y hoteles, además de veredas rotas, baches profundos y basura. Si bien estamos en temporada baja con respecto al turismo y en temporada de lluvias en relación al clima, en esta parte la ciudad está a pleno. A cada paso se nos acercan vendedores de todo lo imaginable, sin repetir y sin soplar:  hongos alucinógenos, marihuana, cocaína, lentes, sombreros, paraguas, remeras, relojes, bronceadores y prostitutas. Sí, no importa que caminemos de la mano con Caro, hombres sigilosos se me acercan y me ofrecen al oído sus “mercaderías”. Este primer reconocimiento de la isla nos deja un poco perplejos, sucia, oscura, sin vida nocturna en las playas, compleja para recorrerla, sórdida con sus vendedores de drogas a cada paso. Quizás estamos cansados por el viaje y eso empeora nuestra opinión, así que comemos unas pizzas y nos vamos a dormir.

Al día siguiente tenemos dos obligaciones ineludibles antes de salir a recorrer: cambiar dinero y cambiar de hotel (en el que pasamos la noche excede largamente nuestro presupuesto). Vamos con Nacho, mientras Caro se queda cerquita de la pileta. A las pocas cuadras comprendemos que cualquiera y en cualquier parte cambia dinero. Hay rústicos puestos en negocios de ropa, en casas de turismo, en locales que venden lentes de sol, en casas de souvenirs y hasta en la puerta de otros locales. Todos tienen sus pizarras con diferente cambio y es desconcertante la situación, también tienen carteles que dicen que están autorizados por el gobierno, pero solo eso, sin firma, sin sello, sin nada. Entramos a un local de ropa que en el fondo tiene uno de esos mostradores de madera. Preguntamos si el cambio es el que dice la pizarra y el hombre nos asegura que si, entonces escribimos lo que vamos a cambiar en una calculadora para quede todo claro. Uno a uno revisa nuestros billetes y luego saca un manojo de rupias indonesias que cuenta rápidamente y nos da menos de lo acordado, porque según dice nos descuenta su comisión. Discutimos agarramos nuestro dinero y salimos. Está misma situación desgastante se repite en un par de locales más hasta que logramos cambiar, aunque nunca al precio informado en la pizarra.

Luego de este mal trago, nos despedimos de Nacho y nos cambiamos al Lusa hotel, mucho mas barato, de cuartos espartanos, pero muy buena pileta. Bali creció sin diseño y por eso su trazado es intrincado, las playas de Kuta y Legian están pegaditas y no existen límites entre una y otra. Hay tres avenidas principales largas y angostas que son la de costanera llamada Raya Pantai, la Legian que es la principal y la Sunset road muy concurrida también.

El problema es que la ciudad posee muy pocas calles que corten estas avenidas y encima son callejones estrechos. Vamos por la calle Benesari, sinuosa con varios locales de tablas de surf y restaurantes en dirección a la playa. En medio de la calle un enorme hueco lleno de agua hace prácticamente imposible que los coches puedan pasar por allí. No tenemos idea como será el pago de impuestos en la ciudad, pero por un lado se ve que Bali está deteriorada, mal cuidada y las condiciones de la gente no son las mejores y por otro lado podemos ver una gran cantidad de hoteles 5 estrellas y All inclusive con todos los lujos.  Al llegar a la playa la vemos realmente sucia,  llena de basura, de bolsas de naylon, ojotas viejas,  bolsas de papas fritas, vasos de plástico, botellas de vidrio. Quizás alguna vez alguien se molestó en limpiar, porque en el medio de la playa hay un tractor con pala mecánica abandonado, da la sensación de que tras él, nadie tomó la posta. El paisaje nos deja con la boca abierta. ¡Bali que te hicieron! En el mar la olas rompen espumosas mientras estudiantes de surf con sus respectivas remeras rojas practican en la orilla.

entrada al templo

Caminamos por la playa hasta llegar a un templo imponente de piedra oscura y los típicos dragones, víboras y cruces esvásticas, tiene además cientos de ofrendas de flores de color blanco y naranja.  Si bien Indonesia es un país mayoritatiamente musulmán con la mayor cantidad de musulmanes del mundo, en Bali el 90% de la población es hinduísta en la variante balinesa.

Del templo sale una calle estrecha en donde se ubican cantidad de puestos de mercaderías en donde las vendedoras nos invitan a pasar y frotan los billetes en la ropa cuando venden algo para atraer mas ventas. Las vendedoras pueden llegar a hacer una notable rebaja si es la primera venta del día. Tienen la cábala que la primera venta les abrirá las puertas a seguir ganando dinero durante todo el día, así que los mejores momentos para hacer compras es apenas abren los negocios y cuando están por cerrar que empiezan a bajar los precios con tal de llevarse unos mangos a casa.

De compras

Cuando empieza a llover nos vamos a almorzar a un pequeño restaurante, sopa de langostinos, caliente y picante, dedos de pescado y nasi gorem el plato nacional (pollo con salsa de maní, fideos y un huevo frito encima, agridulce y picante). De eso sí no nos podemos quejar en  Bali, en los días siguientes probamos de todo: langostinos fritos con salsa de ajo, rabas con salsa tártara, sopa de cangrejo,  mahi mahi a la parrilla (el pescado por excelencia en Bali), chicken satay  (pollo rebosado y cortado en finas lonjas y acompañado con salsa de maní y dos tipos de chili uno dulce y picante y el otro fuego puro).

Nasi Goren en The Balconny

Botellas de nafta

Al día siguiente alquilamos un scooter para recorrer Bali con libertad. Cuando estamos por salir un español que hace más de veinte dìas que recorre en moto la isla nos da varios consejos importantes. Entre ellos que no paguemos el seguro de la moto porque es carísimo y además no sirve de nada; que llevemos la cuenta de la nafta porque manipulan el cargador para que devuelvas la moto con el tanque lleno y que llevemos siempre dinero suelto porque es permanente el pedido de coima de los policías.

Cargando nafta

Cargamos combustible en uno de los tantos puestos callejeros con la nafta en botellas de vodka Absolut y salimos para el sur de la isla, hacia las playas que se ubican pasando el aeropuerto. A los pocos kilómetros el  marcador se pone en reserva, justo como nos dijo el español. Así es Bali, vivimos con un sentimiento de estafa permanente, pequeñas, pero estafas al fin: En el cambio de dinero, con la policía, con la nafta de la moto, en los restaurantes que ponen en la cuenta cosas que no consumiste y en los mini supermercados donde siempre te dan menos vuelto. Nos pasó cada vez que compramos una gaseosa o un paquete de papas fritas. A la tercera vez que el mismo vendedor me hizo lo mismo, casi me voy a las manos… el pibe se pegó un buen susto. Si vas a quedarte con el vuelto, acordate la cara del que te descubrió.

EL alquiler d ela moto es indispensable para moverse entre playas

Pasamos Padang Padang y seguimos unos cuantos kilómetros en busca de la playa perfecta,  andamos por Uluwatu y Bingin, también Dreamland. Nos encontramos con playas desiertas y deliciosas, otras con surfers y bares. En todas hay que subir y bajar cansadoras pendientes. También vemos hoteles impresionantes con campos de golf y la entrada prohibida a la playa o solo con pago de entrada.

Cuando son pasadas las cinco vamos a ver el atardecer en Jimbaran, la playa de los atardeceres perfectos. Los restaurantes ya acomodaron sus mesas sobre la arena, a nuestra derecha decenas de pescadores tiran de sus redes, a nuestra izquierda filas y filas de mesas. En frente nuestro el mar y el atardecer que empieza a caer en bonitos tonos color ambar. Esto comienza a parecerse a lo que nos habían dicho y nos entusiasmamos. Eso hasta que empezamos a mirar la playa. La basura que que habíamos visto en Kuta no era nada comparado con esto. Para colmo los que parecían limpiar la playa, en realidad la estaban ensuciando cada vez mas. Algunos empujaban la basura hacia la orilla, mientras que otros hacían pozos en la arena en donde iban arrojando montones de basura.

El problemas de la basura en las islas es grave, en Bali el crecimiento desmesurado de los servicios turísticos no vino acompañado con un manejo de políticas públicas acordes y esto se nota y nosotros lo lamentamos. El ver tan poco cuidado por el medio ambiente nos amargó la tarde e hizo que tomáramos algo rápidamente y nos volviéramos para Kuta.

Al regresar, con mucho tráfico, pasamos por la zona de Kuta Square, en la calle Bakung Sari,  unas cuantas cuadras con un boulevar en el medio, palmeras, un mall y varios locales de primeras marcas internacionales.

Amanece con lluvia y son pocos los turistas que caminan por el mercado de Legian con semejante temporal, eso nos convierte en casi los únicos potenciales clientes así que la insistencia de los vendedores es bastante molesta. En un local de falsos lentes RayBan dos vendedoras balinesas miran enamoradas una revista en donde hay fotografías de Justin Bieber, mientras en los parlantes suena un tema de Katy Perry. ¡La globalización!

Cuando la lluvia amaina emprendemos la vuelta al hotel por angostas callecitas con grandes hoteles con piletas y dragones en sus puertas, negocios relacionados con el surf y otros de venta de hongos alucinógenos.  En las puertas de casas y comercios se pueden ver las ofrendas que los dioses reciben diariamente, son bandejitas de hojas de bambú con flores, diferentes alimentos y siempre arroz blanco. Esa noche vamos a cenar a The balconny un lindo restaurante en un primer piso decorado con tablas de surf y fotos de surfers. Caro pide unos fetuccini a la carbonara y yo el mentado nasi gorem. Para tomar probamos el frozen balconny, el trago insignia del lugar, a base de arak bebida de arroz, equivalente al sake, de 40 grados, con naranja, limón y miel.

Mientras comemos charlamos sobre nuestros planes de viaje. No hay feeling con Bali, no nos estamos llevando bien. Barajamos dos opciones: Ubud en el centro de la isla con sus terrazas de cosecha de arroz , importante centro cultural, apacible para hacer caminatas y visitar templos. Nos lo han recomendado mucho. La otra posibilidad son las islas Gilis, pequeñas islitas rodeadas de mar azul, pasando Lombok. Revisamos pros y contras, ganas, expectativas, presupuesto y finalmente nos decidimos por las Gilis. Vinimos a esta parte del planeta a buscar playas paradisíacas, caminatas al atardecer por la orilla, siestas bajo las palmeras y snorkel y chapuzones en un agua limpia y cálida. ¡Quizás en las Gilis se nos de! ¿Quieren ver un adelanto?

 

Dejar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.